La leyenda de Licarayén es la única historia ancestral que tiene Puerto Varas, y forma parte esencial de la identidad y memoria viva de quienes habitamos esta zona del sur. Una narración de amor, sacrificio y naturaleza que sigue transmitiéndose de generación en generación, y que explica el origen de lugares que hoy recorremos con naturalidad.
El pueblo williche y el espíritu del volcán Osorno
Antes de la llegada del hombre blanco, alrededor de los volcanes Osorno y Calbuco vivía el pueblo williche. Pero no estaban solos. En las profundidades del volcán Osorno habitaba prisionero un antiguo pillán llamado Peripillán. En mapudungún, pillán significa espíritu o alma de antepasado que reside en los volcanes y provoca calamidades climáticas, epidemias y temblores.
En esa comunidad vivía Licarayén, princesa bondadosa, generosa y bella por dentro y por fuera. Ella se enamoró del valiente toqui Quitralpi, y ambos acordaron celebrar en la siguiente primavera la ceremonia que los uniría para siempre.
La furia de Peripillán y el sacrificio de Licarayén
Peripillán, desterrado por autoría de Quitralpi, sintió envidia de los enamorados y decidió interrumpir su felicidad. Comenzó a vomitar humo, azufre y fuego, haciendo temblar la tierra. Las noches se llenaban de llamaradas que salían de los cráteres, iluminando el cielo con fulgores de fuego. Las montañas vecinas parecían arder y las quebradas que circundaban los volcanes parecían bocanadas del mismo infierno.
Los williches se reunieron en consejo para buscar cómo aplacar al pillán. Entonces apareció una machi anciana, desconocida para todos, que dio la solución:
- Debían sacrificar a la joven más bondadosa y hermosa de la comunidad
- Arrancar su corazón y colocarlo en la cima del cerro Pichi-Juan (actual cerro Philippi)
- Taparlo con una rama de canelo
- Un cóndor vendría desde el cielo, se comería el corazón, tomaría la rama de canelo y la dejaría caer en el cráter del volcán
El lonco investigó quién era la joven más bondadosa y, con dolor, aceptó que era su propia hija, Licarayén. Ella respondió sin queja: "Muero contenta, sabiendo que mi muerte aliviará las amarguras y dolores de toda nuestra valerosa comunidad". Solo pidió que no usaran hachas ni lanzas para matarla, y que Quitralpi preparara su lecho de muerte y fuera él quien tocara su corazón, pues era su dueño desde que lo conoció.
El cóndor y el corazón de Licarayén
Al amanecer, un gran cortejo acompañó a Licarayén al fondo de la quebrada, donde Quitralpi había preparado un lecho con las flores más perfumadas de prados y bosques del sur. Sin protesta, la joven se tendió sobre la mortaja. Los jóvenes del pueblo lloraron largas horas alrededor de ella. Cuando cerró sus ojos para siempre, Quitralpi abrió su pecho, extrajo su corazón y lo llevó junto a una rama de canelo a la cima del cerro Pichi-Juan.
Apenas depositó el corazón y la rama en la roca más alta, apareció un enorme cóndor que bajó en raudo vuelo, se engulló el corazón de un bocado, tomó la rama de canelo y emprendió el vuelo hacia el cráter del volcán Osorno. El cóndor realizó tres vueltas en espiral sobre la cumbre y luego dejó caer la rama sagrada dentro del cráter.
En ese instante comenzó a caer nieve blanca sobre el volcán. Parecía que el alma pura de Licarayén volvía a la tierra. Quitralpi, al ver el milagro, se arrojó sobre su lanza atravesando su pecho para unirse con su amada.
La quebrada del Diablo y el palacio de flores
Llovió nieve durante días, semanas, años. La nieve fundida corría en torrentes por las faldas del Osorno y el Calbuco, llenando las hondonadas hasta quedar al nivel de las tierras cultivadas. El fuego cedió ante el agua y la nieve devolvió el equilibrio a la tierra.
Cuando los mapuches volvieron al lugar del sacrificio, encontraron que las flores de la mortaja habían echado raíces. Sus ramas entrelazadas formaban el palacio más hermoso que la mente humana podría imaginar. Ese palacio de flores está en el fondo de la quebrada del Diablo, hoy llamada cuesta del Diablo. Muchos han bajado para admirarlo, pero solo quienes tienen conciencia de la leyenda y saben sentir los íntimos encantos de la naturaleza logran verlo.
La leyenda de Licarayén sigue viva en cada rincón de Puerto Varas: en el cerro Philippi, en la cuesta del Diablo, en la nieve eterna del Osorno. Una historia que nos recuerda que el paisaje que vemos todos los días lleva consigo siglos de memoria y sentido.